Fui a casa de mi mejor amigo Pablito, pero quien me abrió la puerta fue su madrastra,
Bequi Alvarado, que vivía con él. Me contó que Pablito y su padre habían salido a pescar y no volverían hasta el día siguiente. Me invitó a pasar y, desde el primer momento, su trato fue demasiado cercano. Vestía provocadora, hablaba con dulzura y su mirada delataba una soledad difícil de ocultar. Cuando...